¿Te has preguntado alguna vez por qué después de la caída de la Unión Soviética, Lituania se integró rápidamente en estructuras occidentales, mientras que Ucrania navegaba por aguas mucho más turbulentas? La respuesta no es sencilla y radica en una compleja mezcla de historia, política y presiones externas.
Muchos en el mundo occidental, y especialmente en países como [Tu País], tienden a ver a Ucrania a través de lentes similares a los que usaron para analizar el destino de las repúblicas bálticas. Sin embargo, la diplomacia y la historia revelan que el rumbo de Ucrania estuvo marcado por desafíos únicos y una constante lucha por la soberanía.
Una independencia con matices
A diferencia de Lituania, que consolidó su independencia en fechas tempranas, Ucrania se convirtió en un estado soberano en 1991, justo cuando el colapso de la URSS se hizo inminente. Una diferencia crucial: Ucrania se unió a la Comunidad de Estados Independientes (CEI), una alianza liderada por Rusia para las ex repúblicas soviéticas, un paso que Lituania jamás consideró.
El juego de equilibrios de los años 90
Los noventa fueron una década de intensa actividad diplomática y económica. Desde Lituania, se veía a Ucrania como un socio estratégico para el comercio y la industria. La idea de bancos conjuntos para facilitar transacciones y combatir la inflación era atractiva.
Sin embargo, las potencias occidentales veían a Ucrania de manera distinta a la de los países bálticos. "Nuestra historia es completamente diferente; en el período de entreguerras, tuvimos nuestro propio estado", explica Vytautas Plečkaitis, un ex embajador lituano en Ucrania.
Mientras Lituania definía claramente su objetivo de unirse a la OTAN y la UE, Ucrania, bajo líderes como Leonid Kravchuk y luego Leonid Kuchma, adoptó una estrategia de maniobra constante.
- Buscar inversiones occidentales.
- Garantías de seguridad tanto del este como del oeste.
- La necesidad de protección percibida por un estado que se sentía vulnerable.
La carga nuclear y las concesiones a Moscú
Al independizarse, Ucrania heredó una parte significativa del arsenal nuclear soviético, convirtiéndose en la tercera potencia nuclear del mundo. Existía un debate crucial sobre si firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear, lo que implicaría renunciar a sus armas a cambio de garantías de seguridad de EE. UU. y Rusia.
El costo de desmantelar las ojivas nucleares era astronómico. Se calculaba en miles de millones de dólares, una suma que Ucrania simplemente no poseía. En 1994, el embajador ucraniano en Lituania señalaba las dificultades para cumplir con los compromisos nucleares debido a la falta de fondos, lo que sugiere que el programa de desarme se extendería indefinidamente.
El ex embajador Plečkaitis reflexiona que es difícil saber qué habría pasado si Ucrania no hubiera renunciado a su arsenal nuclear. Lo que sí es claro es que "Ucrania pagó por renunciar a su armamento nuclear a cambio de su supervivencia económica", afirmaba.
Otra concesión significativa a Moscú fue permitir que la Flota del Mar Negro permaneciera en territorio ucraniano. Las negociaciones para dividir las fuerzas estratégicas se prolongaron hasta 1997, cuando se firmó un acuerdo que incluía el compromiso ruso de respetar las fronteras de Ucrania, un pacto que Moscú violaría años después con la anexión de Crimea.

El fantasma de los agentes rusos y la búsqueda de la convivencia
Los diplomáticos rusos a menudo presentaban a Ucrania como una nación "fraterna", sin embargo, los funcionarios ucranianos advertían a sus colegas lituanos: "Podemos esperar cualquier cosa de Rusia". Era bien sabido que una red de agentes rusos operaba dentro de las instituciones estatales ucranianas.
"Rusia siempre intentó mantener a Ucrania en su esfera de influencia, considerando que era una zona de interés. No necesariamente para conquistarla, sino para que fuera obediente", señala Plečkaitis.
Por otro lado, en Ucrania, especialmente entre los partidarios del Partido Comunista, existía la creencia de que era posible coexistir con Rusia, principalmente por beneficios económicos. Plečkaitis está convencido de que el nivel de pragmatismo difería entre ambos países. "Yo diría que su carácter es más flexible; buscan el beneficio más que, por ejemplo, los lituanos", reflexiona.
El recuerdo de la falta de atención al Holodomor, el genocidio provocado por el régimen soviético en 1932-1933 que causó millones de muertes, también es significativo. Fue solo después de la Revolución Naranja, y de la mano del prooccidental Viktor Yushchenko, que esta memoria histórica comenzó a resaltarse, un tema que muchos desconocían.
Las discusiones sobre la membresía en la UE y la OTAN en Ucrania realmente despegaron tras la negativa del presidente Viktor Yanukovych en 2013 de firmar el acuerdo de asociación con la UE en Vilna, argumentando que irritaría a Rusia. Al regresar a Kiev, Yanukovych se encontró con protestas masivas del Euromaidán, y al año siguiente, Rusia comenzó su ocupación de Ucrania.
"La gente simplemente no sentía que eso fuera posible... No había suficiente fuerza en la sociedad, ni el deseo de que los políticos lucharan por ello. Ni siquiera se oía hablar de ello", comenta Plečkaitis sobre las actitudes muy diferentes a las de Lituania en la década de los noventa.
Esta apatía se relaciona con la diferente situación geopolítica. "Nosotros, siendo tan pequeños, creíamos que teníamos que volver a algún lugar. Y Ucrania se consideraba a sí misma un gran estado", concluye.
La Revolución Naranja de 2004, según Plečkaitis, debe ser analizada con mayor profundidad. "Lo vería como una especie de guerra civil, con fuerzas internas y externas tras ella. Nosotros no tuvimos eso", enfatiza.
Inflación y la sombra de los oligarcas
Además de las convulsiones geopolíticas, Ucrania sufrió los típicos problemas de una nación postsoviética en los noventa: inflación rampante, pobreza y el creciente poder de los oligarcas, quienes siguen siendo influyentes hoy en día. Surgieron clanes industriales y criminales que buscaban poder político. Ya hacia el final de la URSS, se evidenciaba una división entre el este y el oeste de Ucrania, con diferentes posturas políticas respecto a la independencia.
- La privatización activa y la lucha entre oligarcas.
- El reparto, a veces violento, de los activos estatales.
- La influencia de figuras como el yerno de Kuchma, encargado de la administración de Crimea.
Plečkaitis reitera que, al evaluar la situación ucraniana desde Lituania, a menudo se ignora su tamaño. La privatización y la lucha contra la criminalidad avanzaron mucho más lentamente en Ucrania que en los países bálticos.
"Resolver problemas tan sencillos, que se habrían resuelto mucho más rápido en los países bálticos, no fue posible en Ucrania. Recuerdo que ya al cruzar la frontera con Bielorrusia se veían edificios nuevos, gasolineras brillantes. Y en Ucrania eso aún no existía", rememora el ex embajador sobre sus viajes a Lituania.
La historia de Ucrania es un testimonio de la complejidad de forjar una nación independiente bajo la sombra de un vecino poderoso y de las intrincadas luchas internas. ¿Qué lecciones podemos extraer de este viaje para el presente?